EL ÚLTIMO BANDOLERO DE MOTRIL



JOSÉ TERRÓN, EL ÚLTIMO BANDOLERO MOTRILEÑO

                                                  Manuel Domínguez García

Uno de los males más acuciantes de la sociedad española entre los siglos XVIII y XIX fue sin duda el del bandolerismo, especialmente en regiones como Andalucía, Castilla o Cataluña. Hombres que por diversos motivos, ya fuera por haber robado, asesinado o simplemente por pobreza, vivían apartados de la ley, lejos de los pueblos y sobreviviendo mediante robos, secuestros, extorsiones y otros delitos. En caso de ser capturados, en muy pocas ocasiones lograban escapar de una condena a muerte.
En el siglo XIX tuvo lugar el apogeo de este tipo de delincuencia, surgida de las partidas de guerrilleros de la época del Guerra de Independencia que al terminar se encontraron sin poderse asimilar al ejército regular, de los soldados de la época de la Guerras Carlistas o de individuos, cuadrillas o gavillas de delincuentes comunes. Algunos autores dan tres motivos por los que se dio el bandolerismo en Andalucía: el atraso e incultura del pueblo llano, el abandono por parte de las autoridades a la hora de reprimir esas actitudes marginales y la enorme distancia entre clases sociales. El fin del bandolerismo andaluz se dio a fines del siglo XIX y en los primeros años del XX, en parte debido a la aparición del telégrafo y el ferrocarril y a la presión que sobre ellos ejerció la Guardia Civil mediante una demasiado amplia interpretación de la ley de fugas.
Históricamente Motril fue una ciudad violenta, seguramente porque al ser frontera de un África hostil obligó a sus vecinos estar contantemente armados, la necesidad de tener siempre gente de guerra acostumbrados a la brutalidad y a los numerosos trabajadores que todos los años acudían a cortar la caña, gentes de duro vivir y que no solían solucionar su problemas en los juzgados. Basta repasar la prensa del siglo XIX para darnos cuenta del gran número de delitos de sangre que ocurrían en nuestra ciudad, donde era normal que todos los años hubiese algunos asesinatos y homicidios. Una ciudad de 16.000 en el último tercio del siglo XIX y que contaba con una pequeña oligarquía enriquecida gracias al algodón o al azúcar, una escasa clase media y una gran mayoría de trabajadores con sueldos míseros y condiciones de vida muy duras.
En este contexto y en esos años del siglo XIX vive en Motril José Terrón Cortes, joven apuesto de unos 20 años de edad perteneciente a una familia muy conocida de clase media y que estaba colocado de aprendiz con la familia de comerciantes Real y Herrera en cuya casa vivía desde niño.
La noche del 18 de agosto de 1871 los dos hermanos Real y Herrera, Francisco y Antonio, salieron de su domicilio al principio de la calle San Roque para ir al casino y festejar los 2.000 duros que habían ganado con la venta de una partida de algodón, dejando en casa a su hermana y una criada, colocando en la escalera un velón encendido y dando tres vueltas a la llave de la puerta principal.
Cuando volvieron del casino a filo de la medianoche notaron que la puerta se abría a la primera vuelta de llave y que la vela de las escaleras estaba apagada, al entrar en la casa se vieron sorprendidos por cuatro hombres, tres de ellos enmascarados, que los acometieron puñal en mano, arrojando al suelo a Antonio y maniatando a Francisco. Este suplicó a los bandidos a grandes voces que no lo matasen y uno de los asaltantes, para que se callase, le metió en la boca una caja de fósforos y le puso encima un pañuelo, con la mala fortuna de que al empujarle el pañuelo contra la boca con la empuñadura del puñal, Francisco se tragó la caja y la tela, muriendo por asfixia.
Los asaltantes asustados se dieron a la fuga y a los gritos de socorro de Antonio acudieron los serenos, vecinos y el alcalde, Francisco Herrera Burgos, que vivía en una casa próxima. Comenzaron a registrar la casa y en la habitación de la hermana, la encontraron maniatada junto a la criada y vigiladas por uno de los bandidos que no pudo escapar aunque presentó alguna resistencia a su detención.
El detenido confesó llamarte Antonio Narváez Robles y afirmaba que en el asalto a la casa lo acompañaban otros tres hombres, designando como uno de ellos a José Terrón. Por el alcalde se dictó rápidamente orden de busca y captura, pero no lo pudieron encontrar.
A los 44 días de cometido el asalto y asesinato se presentó Terrón Cortes ante el juez de Motril, manifestando que sabía que la Guardia Civil le buscaba, pero que no se había podido presentar antes porque había estado enfermo en la casa de su familia, negando que había estado escondido en diversos cortijos y que le acompañaba Juan Dorado, otros de los participantes en el asesinato, a pesar de que había bastantes testigos que afirmaban haberlo visto por la zona de los Tablones y Garnatilla. Cortes fue detenido por orden de juez y encerrado en la cárcel motrileña en espera de juicio.
Pero en diciembre de 1873 se produjo una fuga de 50 presos de la cárcel entre los cuales de encontraban Terrón y Dorado, que se echaron al monte con otros delincuentes y vivir de frecuentes y violentos asaltos, raptos y extorsiones; enviado a muchos propietarios misivas con amenazas de secuestros si no pagaban determinadas cantidades. Terrón y su cuadrilla de bandoleros tenían aterrorizados a los ricos motrileños. Parece que tras una delación, Terrón fue detenido en el cortijo del Lobo en 1874 por una escuadra de la Guardia Civil comandada por el sargento segundo Pablo Fernández Rondón y enviado de nuevo a la cárcel.
El juicio se celebró en nuestra ciudad mayo de 1874, condenando a Terrón y Narváez, el cuarto bandido no se pudo detener, a la pena de muerte por asesinato en primer grado con premeditación, alevosía y nocturnidad de Francisco Real y a Terrón, además, por ser el autor de la muerte de Juan Dorado, supuesto delator.
A la vista de la causa acudió mucha gente que invadía la sala del juico, pasillos y escaleras del juzgado, teniéndose que poner vigilantes en las puertas. El reo mantuvo durante el juicio una actitud arrogante y amenazó en repetidas ocasiones con vengarse de todos, acusadores y testigos, y se le creía capaz de cumplir sus amenazas causando un temor general en la ciudad. La sentencia fue confirmada por la Audiencia Provincial el 26 de abril de 1875 y fue escuchada por Terrón con una extraña insolencia.
La defensa interpuso un recurso de casación ante el Tribunal Supremo y mientras resolvía se trasladó al preso a la Cárcel Alta de Granada. En enero de 1875 el Supremo confirmaba la sentencia  a muerte.
Pero el 12 de septiembre de ese mismo año José Terrón se fugaba de la cárcel. Los carceleros se encontraron la puerta arrancada, la celda vacía y tres barrotes de hierro de una ventana que daba a la calle quitados y descolgándose con una cuerda casi en las mismas narices de la guardia, logró llegar a la calle y escapar. Algunos pensaban que era imposible que un hombre tan corpulento como el preso pudiese pasar por el hueco dejado en la ventana al quitar los barrotes.
 
 
 
José Terrón Cortes, en la carcel de Granada. 1875
 
 
El día 14 se recibe un telegrama en Motril avisando de la fuga de José Terrón, donde era muy temido por su ferocidad y deseo de venganza. En esas fechas no había Guardia Civil en el pueblo y se vio al bandolero pasear en las horas del día por las calles más principales y en cuanto oscurecía, se cerraban todas las puertas y nadie se atrevía salir a la calle. La ciudad parecía un cementerio.
A partir de este momento casi toda prensa provincial y nacional se hizo eco de las andanzas del bandido. Terrón se convertía así en un célebre bandolero cuyo nombre empezó a ser conocido  por todos los rincones de nuestro país. Incluso el capitán general del distrito de Granada llegó a Motril para tranquilizar al vecindario muy alarmado por su fuga.
El 2 de octubre le salió al paso de un hacendado motrileño que iba hacia sus fincas, reclamándole el dinero que llevase encima. Este le dio los 40 reales que tenía, despreciándolos el bandido y le exigió la promesa de que le enviaría una suma importante. El asaltado era padre de una persona muy conocida en Madrid y rápidamente huyó de Motril. Dos días después se presentó en la Fonda del Mar de Calahonda pidiendo al anteojo de larga vista, pero no se lo llevó porque tenía la lente rota. Después pidió dos onzas de oro y afirmó que se vería obligado matar a alguien para conseguir que se le diese la cantidad necesaria que necesitaba reunir para poder irse de Motril.
Para mediados de octubre Terrón seguía por los alrededores de la ciudad, burlando la persecución de las autoridades y obligando a muchos de los vecinos acomodados a irse de Motril, temerosos de que pudiesen ser asaltados o secuestrados.
El Juez de Secuestros del juzgado de Archidona encargado del caso, José Melero, dirige una carta a primeros de octubre a los mayores contribuyentes y fabricantes de azúcar de la ciudad,   avisándoles que Terrón y su partida estaba por la zona que era muy audaz y osado, pidiéndoles que adoptasen las mayores precauciones respecto a sus personas e intereses, estableciendo una guardia armada durante las 24 horas del día en sus casas y fábricas para evitar secuestros o venganzas.
Por su parte el alcalde de la ciudad, ahora Francisco de Paula Ortega y Carmona, publicó un bando haciendo saber a todos los vecinos de la localidad que era necesario que le prestasen ayuda  para detener a José Cortes y a sus compinches Francisco Bermúdez y Antonio Ruiz Díaz, alias el Carrero, y dictaba las siguientes disposiciones:
1º Se formarían grupos de 5 hombres que recorrerían el término de Motril dos veces a día, dando la novedad todas las noches. Si faltaban a la verdad serían considerados cómplices.
2º Los que intentasen eludir el compromiso o faltasen a sus deberes de ayuda a la autoridad, serian puestos a disposición de la misma y acusados de cómplices.
3º Las confidencias sobre el paradero de los delincuentes  serían recompensadas.
4º Los padres o hermanos que detuviesen a alguno de los criminales o que con sus confidencias ayudasen a su captura, si tuviesen algún hijo en el servicio militar  este le sería redimido.
5º. El prófugo o desertor del Ejército que presentare o diere confidencia segura del lugar donde se ocultan los criminales, facilitando así su captura, les seria indultada la pena y se les facilitaría una cantidad para su redención
6º. A los vecinos que ocultasen o no diesen conocimiento de los criminales o no adoptasen medidas para librarse de sus acechanzas y dejasen de contribuir así a su persecución, se les exigirían responsabilidades.
Por fin el 19 de octubre de 1875 se da la noticia de la captura de Terrón y el resto de su gavilla en los montes de Sierra Lujar por el juez Melero, el alcalde de Lujar, Antonio Manuel Estévez, y una partida de vecinos armados del cercano pueblo. Entregado a la Guardia Civil al día siguiente para su traslado a Motril, en el paraje conocido como el “Molino del Sol” uno de los guardias que los custodiaban lo mató aplicándole la tan conocida ley de fugas.
El 20 de octubre de 1875 el cadáver de José Terrón Cortes, era expuesto públicamente en la actual Plaza de España para conocimiento de todos los vecinos de la ciudad.
Por último, el 2 de noviembre de ese año, el Ayuntamiento de Motril reunido en pleno disponía:
1º. Darle las gracias a la autoridad militar, Sr. Moltó, que acordó la persecución de Terrón; al comandante militar coronel Nicolás G. Rubí, al Juez de Secuestros Francisco Melero y a la Guardia Civil.
2º. Repartir entre los vecinos de Lujar 30.000 reales por la ayuda prestada para la captura de Terrón y su cuadrilla.
3º 6.000 reales para el hijo del guardia civil que más se hubiese distinguido en la captura de Terrón para que estudie la carrera que quisiere.
4º Organizar un servicio de guarda o policía del partido de Motril que haga imposible la permanencia de bandidos en la sierra de Lujar
Con estos acuerdos, aprobados por unanimidad, se cerraba definitivamente el último capítulo de la rocambolesca historia de José Terrón Cortes, el último y más célebre de los bandoleros de Motril.

LOS PRIMEROS CEMENTERIOS MOTRILEÑOS DE LOS SIGLOS XVIII Y XIX



La convivencia con los muertos fue habitual hasta mediados del siglo XVIII cuando comenzaron los primeros signos de incomodidad ante el uso compartido del suelo entre los vivos y  los muertos. Esa cercanía a la que se habían acostumbrado a lo largo de los siglos, y a la que estaban familiarizados, comenzó a romperse por diversos rumores de todo tipo, desde ruidos bajo las lápidas a enfermedades contagiadas tras visitar alguna iglesia. Todos estos rumores fueron objeto de estudio de ilustrados y médicos del siglo XVIII que consideraron que existía “una relación entre el ruido y las tumbas, las emanaciones de los cementerios y la peste”.
Además, comenzó a relacionarse el cementerio como vestíbulo del infierno, a pesar de tratarse de suelo consagrado y que sus tumbas estuviesen defendidas ante el mal, en sus alrededores podrían actuar tanto el demonio como las brujas. Así que la peste, el diablo y el cementerio se convirtieron en los tres vértices de un triángulo de influencias recíprocas.
El siglo XVIII será el siglo de higienistas y racionales, y se denunciará la insalubridad de los cementerios prohibiendo definitivamente enterrar en el interior de las iglesias por considerarlo causa de epidemias. Según alguna de estas teorías ilustradas, el aire infectado traspasaba el mal a distancia corrompiendo todo lo que tenía a sus alrededores. De esta manera se volvió a instaurar la vieja separación espacial entre los vivos y los muertos, ubicándolos en las afueras de la ciudad.

Francia sería la primera en decretar la prohibición de enterramientos en las iglesias, pero España no tardó en seguirle. En 1784 Carlos III decretó el suyo a través de una Real Orden en que se prohibía severamente enterrar en las iglesias en beneficio de la salud pública restableciendo la antigua disciplina de la Iglesia en el uso de los cementerios extramuros según el ritual romano y ordenando el uso de cementerios ventilados para sepultar los cadáveres de los fieles
Tradicionalmente, en Motril, se había enterrado en los espacios de la Iglesia Mayor y de las iglesias de los conventos, manteniendo la misma estratificación social que en vida. Los nobles y ricos fueron enterrados en lugares preferentes, construyendo para ello bellísimas capillas y sepulcros, mientras que el resto de la población lo hacía bajo el pavimento de las naves, en las llamadas bóvedas, o los pobres de solemnidad en el aledaño de la Iglesia de la Encarnación, en el cementerio parroquial llamado “Panteón” o en cementerio del hospital de Santa Ana, en la actual plaza de la Tenería.
El crecimiento demográfico motrileño del siglo XVIII imposibilitó la coexistencia de vivos y muertos. Los templos estaban sobresaturados de cadáveres, había un continuo movimiento de restos, las llamadas “mondas”, para realizar nuevos enterramientos. Paralelamente, el pensamiento ilustrado empieza a interesarse por  la supervivencia del hombre en la tierra. El cadáver pasó a ser, ante todo, un posible foco de contagio que había que eliminar por razones higiénicas. Los miasmas que exhalaban  los  cuerpos  en  su  descomposición  corrompían  “la  pureza  del  aire”  y propagaban la enfermedad.


                                                     Posible portada del cementerio del Carmen


En  la  implantación  de  la  medida  se  implicaba  a  la  Iglesia y  a  los Ayuntamientos,  esperando  acuerdos  de  prelados  y  corregidores,  que  afectaban igualmente a la financiación de los nuevos recintos. Las obras debían costearse con los fondos de la Fabrica de las Iglesias con ayuda de otros fondos públicos si fuera necesario y los terrenos debían ser concejiles o de Propios.
El primer cementerio que se traslada fuera de lo poblado es el del Hospital, y se hace a un terreno por encima de la calle Cartuja en lo que hoy es la plaza Gloria Alta, que ya estaba en uso en 1752.
Motril debió adelantarse a la real orden de Carlos III para la construcción de un cementerio general en un solar junto la parte de arriba de la ermita del Carmen, zona que en esta fechas aún estaba despoblada, y que ya se usaba en 1784, puesto que en enero ese año se había desprendido un lienzo del muro que lo cerraba y era necesario su pronto arreglo, ya que quedaban muchos huesos al descubierto. Pero la construcción de este primer cementerio general fuera de la ciudad no implicó que se dejase de enterrar dentro de las iglesias, incluso la propia Junta de Fabrica de la Iglesia Mayor había elegido la llamada capilla de “Porras” para construir un nuevo enterramiento subterráneo.
En 1800 el gobernador de Motril, Jaime Moreno, escribe a la citada Junta de Fábrica pidiendo que, por motivo de la epidemia de fiebre amarilla de Cádiz, se deje de enterrar en la iglesia, ya que la tierra era muy movediza y porosa y que las tumbas existentes en la nave se tapasen con tierra, se pavimenten y revoquen con ladrillos y mezcla.
En 1802 el Arzobispado de Granada comisiona al arquitecto Miguel Cirre para que realice una ampliación del cementerio del Carmen y para ello habría que comprar una casa propiedad de marqués de Campohermoso que, tras ser derribada, serviría para ensanchar el camposanto existente. Definitivamente se dejó en de enterrar en la iglesia en 1804.
Pero para 1807 el cementerio del Carmen se había quedado en el centro del pueblo, distaba 378 metros exactamente desde la plaza de España, y se habían construido muchas casas alrededor que lo dominaban, siendo testigos sus habitantes desde las ventanas de todos los entierros que se producían y teniendo todo el vecindario un hedor que se hacia insoportable en verano, por lo que por parte de la Iglesia y el Ayuntamiento se juzgó de primera necesidad construir un nuevo lugar de enterramiento. Se tuvieron que esperar varios años para poner en funcionamiento otro ubicado en un paraje que, a juicio de los médicos, reunía todas las cualidades por su situación, distancia de la población y condiciones del terreno; eligiéndose una parcela inmediata a la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.
Desconocemos, por ahora, si este cementerio llegó o no a tener un uso generalizado o fue algo provisional, pero si que se siguió enterrando en el viejo cementerio del Carmen hasta que la epidemia de cólera de 1833-34 impulsó la construcción de uno nuevo en unos terrenos dedicados al cultivo de la vid propiedad de la familia Cazorla, situados a algo más de un kilómetro al noreste de la ciudad y que hoy conforma nuestro Cementerio Municipal.




El cementerio del Carmen dejó de usarse en el último tercio del siglo XIX, siendo trasladados muchos de sus difuntos al nuevo camposanto y parte de sus osarios a la torre de la Vela de la Iglesia Mayor, poco tiempo después sería derribado totalmente y allanado su solar en época del alcalde Pedro Moreu.
Hasta hace poco tiempo el topónimo “Rambla del Cementerio Viejo” recordaba su existencia, pero alguien tuvo la “feliz” idea de cambiarle el nombre, quizá porque le sonaba macabro.
Desde aquí reivindicamos que se restituya el nombre por el que generaciones de motrileños conocieron la citada calle y no se produzca otro atentado más a nuestra memoria histórica patrimonial.

LOS VERDADEROS HEROES MOTRILEÑOS DE LA GUERRA DE CUBA



LOS VERDADEROS HEROES MOTRILEÑOS DE LA GUERRA DE CUBA



                                                                            Manuel Domínguez García


Se llamaba Antonio Vázquez López, motrileño, infante de marina del Ejercito Español destinado en El Caney (Cuba), moría con 25 años solo y alejado de su familia en el lazareto de la Cruz Roja del puerto de La Coruña en diciembre de 1898. Enfermo de fiebre fue embarcado en La Habana para ser repatriado a España tras la derrota, había conseguido llegar tras un durísimo viaje trasatlántico, pero no pudo más y dejó de existir sin poder llegar a su casa del popular barrio de la Esparraguera.
Como Antonio, más de trescientos jóvenes motrileños fueron reclutados para Ultramar para luchar en una guerra colonial que no era la suya. El reclutamiento se nutrió principalmente de muchachos pertenecientes a las clases más pobres de Motril que no disponían de los 300 duros necesarios para ser redimidos ni sustituidos, ni posibilidades de obtenerlos de las empresas locales o provinciales crediticias e hipotecarias que hicieron su agosto gracias al injusto sistema de quintas.
La historia del soldado español de a pie en las guerras coloniales se resume en un cúmulo de penalidades. Obligado a incorporarse a filas por ley y por su propia pobreza, fue un imán de desgracias, miserias y enfermedades durante la contienda. Con suerte lograba sobrevivir y devuelto a la Madre Patria muchas veces en lamentable estado.
A la salida de Motril para embarcarse hacia Cuba por Málaga o Cartagena la burguesía local hacia grandes manifestaciones de patriotismo y los soldados, rodeados de discursos grandilocuentes a cargo de las autoridades municipales, loas poéticas de los autores locales, misas e himnos; cabizbajos y tristes porque sabían que podrían no volver jamás, dejando, al ser brazos jóvenes en edad de trabajar, a sus familias en la miseria al privarlas de los sueldos que las alimentaban, sin ninguna compensación, ni protección económica por parte del Gobierno y para colmo de males para estas familias, si trataban de salvar al algún hijo se empeñaban para el resto de sus días en prestamos imposibles de pagar con los que se enriquecían algunos personajes locales que se dedicaban a tan suculentos negocios.
Las autoridades y las oligarquías locales, mientras hacían públicas manifestaciones de patriotismo y sobre el honor de la Patria, evitaban a sus hijos los riesgos de Cuba. Entre las relaciones de soldados motrileños no hay ninguno perteneciente a estas familias, ninguno de ellos fueron a Cuba a luchar por el honor de España tantas veces mencionado en sus discursos y en las exclusivas tertulias de casinos y círculos mercantiles.
De Motril salieron bajo el patetismo más desgarrador de las familias que veían partir a sus hijos y con las clases pudientes dando viva a España y al Ejercito, para los puertos de embarque y hacinados en vapores sucios y pequeños con un maltrato extremo de los oficiales, llegaban ya a Cuba mal vestidos, mal alimentados y enfermos y ahora les esperaba, sin defensas antes las enfermedades tropicales, el vomito negro, la disentería, el paludismo o el tifus, cuando no los machetes de los insurrectos mambises o las balas de los fusiles de repetición de las tropas norteamericanas.
Mientras estos jóvenes motrileños pasaban hambre y miserias, luchaban y morían en Cuba en nombre de nuestra Patria; la burguesía motrileña, se gastaba 5.000 pesetas en una túnica para Nuestro Padre Jesús Nazareno, 5.000 pesetas para un manto y vestido bordados de oro para Virgen de la Cabeza, 5.500 pesetas para construir una iglesia en Torrenueva y que con motivo de la colocación de la primera piedra se dio una gran fiesta para las familias mas distinguidas de Motril que costó 2500 pesetas, 3.500 pesetas para regalarle al general Hernández Velasco una espada, un fajín e insignias de oro e incluso la Cruz Roja motrileña realizó una cuestación pública para costear, en nombre de Motril, el regalo de las insignias de la Gran Cruz Laureada de San Fernando concedida por la reina al general Polavieja.
En medio de todas estas manifestaciones religiosas y festivas, el Ayuntamiento tuvo tiempo de  organizarle en 1898 un gran entierro con asistencia de todas las autoridades locales civiles, militares y eclesiásticas al soldado fallecido en La Habana y cuyo cuerpo fue repatriado Juan Jiménez López, sepelio que costó casi 1.500 pesetas, dándose la paradoja que unos meses antes, este mismo soldado, había solicitado un préstamo al Ayuntamiento de 300 pesetas para librarse de ir a Cuba, a lo que no había accedido la Corporación,  objetando que no tenían recursos económicos para ello.
Terminada la guerra, se inicia la repatriación en los barcos de la Compañía Trasatlántica propiedad del marqués de Comillas que tenía el monopolio de devolver los soldados a España. Apretados en los barcos, apenas sin comida ni bebida, mezclados sanos y enfermos, el viaje se convirtió para los soldados motrileños en una tortura de dos semanas. Barcos convertidos en cementerios flotantes, por cuyos pasajes, Comillas, cobraba al Estado español 170 pesetas por soldado repatriado, mientras que a un pasajero normal se le cobraba 70 pesetas.
Pero volvieron cantando porque ya se había acabado la pesadilla: había gente que sabía sacar beneficio hasta de las derrotas.
Cuando los soldados motrileños repatriados comenzaran a llegar poco a poco a Motril, ya no había personalidades políticas o de los negocios esperándolos para darles grandes arengas sobre la Patria, ni representantes de la Iglesia, ni bandas de música que tocaran alegres pasodobles. Algunos si que volvieron como héroes, sin combatir y sin sufrir penalidades, a esos si se les dedicaron plazas y se les pusieron placas, pero a la mayoría, a los verdaderos héroes motrileños de la Guerra de Cuba, a esos valientes que defendieron el nombre de España, no se le dieron los honores que merecían; soldados motrileños que perdieron su vidas en Cuba o Filipinas, que regresaron enfermos, lisiados con sus vidas destrozadas y que pagaron con su juventud la defensa de unos intereses espureos y que nada recibieron a cambio, ni nombres de calles, ni homenajes, ni placas conmemorativas y ni siquiera una misa.
No están todos, pero al menos intentemos recuperar la memoria de algunos de estos muchachos motrileños y rescatarlos del olvido:

Francisco Castro Campoy
Francisco Cabrera Fernández
Laureano Escabia Parra
Antonio Estévez Ruiz
Antonio Gómez Mejías
Francisco Ruiz Domínguez
Juan Amador Gómez
Juan Jiménez López
Nicolás Maldonado
Manuel López
Antonio Sánchez Illescas
Antonio Ruiz Arbós
Luis Escribano Úbeda
Antonio Sabio Herrera
Santiago Trujillo Hidalgo
Antonio Cabrera Ortiz
Francisco Díaz Cobos
José Amador Gómez
Miguel Álvarez Melero
Francisco Fernández
Antonio Vázquez López
Francisco Vadillo
Silvestre González
Juan Castillo
Lorenzo Morales Abarca
Juan López Reche
José Muñoz
José Pérez Rodríguez
Antonio Antúnez
Reynaldo Manrique
Antonio Rubiras
Gabriel Fernández
José Rodríguez
Manuel Ruiz
José López
Antonio Ruiz
Antonio Rubiños Sánchez
Manuel García López
Francisco Fernández
Francisco Olivares
Manuel Fernández
Antonio López
Francisco Noguera
Juan Pérez
Antonio Jiménez
Rafael Maldonado
Antonio Nofuentes
Francisco Valderas
Andrés Peña
Francisco Caballero
Agustín López
Francisco Moya
José Avellaneda
Rafael Sánchez
Ricardo Decó
Antonio Domínguez
Juan Hernández
José González
Pablo Hernández
Antonio Sánchez
Francisco Molina
Gabriel Cabrera
Gregorio López
Manuel Briones
Francisco Ojeda
Francisco Sasgallo Fernández
Francisco Ruiz Nadal
Francisco García
Francisco Heras
Manuel Marques
Francisco Prados
Pedro Romero
Rafael García
Francisco Ramos Montilla
José Palomares
Mariano Bono
Tomas López Juárez
Juan Martínez
Francisco Sánchez
Juan Guerrero
José González
Manuel Pérez
Juan Cortés Román
Enrique Díaz
Francisco Gentil Gerónimo
Manuel Mejías López
Teodoro Rodríguez Navas
Francisco Rubiños Tite



Finalmente todos estos desposeídos de la guerra y sus familias, tuvieron el triste privilegio de poder dirigirse a la Reina Regente y a su hijo Alfonso XIII, suplicando que se les concediera algún donativo para paliar sus desesperadas situaciones. Sin embargo, la posibilidad de pedir no conlleva la de recibir. La Corona concedió generosamente soluciones económicas a los jefes y oficiales militares, a sus huérfanos y viudas y prácticamente nada a los soldados rasos y a sus familias.
Vayan estas breves líneas en homenaje y en recuerdo de todos los soldados de Motril que estuvieron en Cuba y Filipinas a finales del siglo XIX.

MOTRIL, LA CIUDAD INVISIBLE






 Pensé titular este artículo como “El Motril que fue”, pero al final decidí llamarlo “Motril, la ciudad invisible” al modo de la obra homónima de Italo Calvino en la que el protagonista llega a la ciudad soñada y nos enseña que los deseos son ya fundamentalmente recuerdos.
            Y es que las ciudades viven en nosotros como los amores, son lo que fueron y lo que quisimos que fueran. Como en el amor, las construimos con el afecto y parecen borrarse a veces del recuerdo, pero reaparecen casi siempre en el acto involuntario de la memoria. Preferimos verlas como las amamos y no como nos las cambiaron en el transcurso del tiempo.
            Aunque sufran metamorfosis, son casi siempre lo que fueron en los recuerdos de la infancia; aunque crezcan o se degraden, siguen ahí perennes en nuestra mente como una topografía inmune a las variaciones impuestas por el tiempo y por los hombres. Una ciudad es en principio el espacio de la infancia, de los amores, de la amistad, de la familia. Topografía y arquitectura se vincularan así siempre al universo afectivo de los hombres y la ciudad, nuestro Motril, acabará convirtiéndose en una “fundación mitológica”, es decir en un espacio sin tiempo.
            En nuestra memoria, la ciudad en la que hace años vivimos y amamos no existe ya bajo la engañosa idea del progreso. Al resistirnos a ver Motril como lo que ha llegado a ser, congelamos su imagen en una foto fija que nos habla de lo que fue. Objeto de nostalgias, nuestra ciudad deja de ser una topografía urbana para convertirse en una topografía afectiva y emocional. Ciudad antigua, ciudad moderna, ambas son refundidas por la memoria para obtener nuestra propia imagen subjetiva.
            Pero ese grueso álbum de fotografías mentales que nos enfrenta al Motril en el que vivimos a través del tiempo, nos enfrenta también a las ficciones de nuestra memoria, que nunca se corresponden con un mapa real. Recordamos sin duda lo que deseamos recordar y precisamente por ello las ciudades recordadas son sometidas por nuestra mente a quiméricos recuerdos, a una poética que la memoria iconográfica reconstruye con el deseo y la añoranza.
  La vista se pasea entonces por el tiempo y asiste impasible a las metamorfosis de un paisaje que desmiente la memoria. Podríamos identificar los lugares, reemplazar alguna casa solariega por otra más moderna, construirle edificaciones a terrenos antes de cultivo; podríamos, por lo tanto, poner en funcionamiento el dispositivo de la memoria, haciendo un poco igual a lo que nos sucede con esos álbumes de fotos familiares, donde algunas de las personas que aparecen en antiguas fotos nos son desconocidas pero a quienes siempre les buscamos rasgos físicos que nos lleven a encontrar parentescos.
           Allí, en aquella casa ya desaparecida tuvimos nuestros juegos infantiles, allá en aquella calle hoy tan distinta experimentamos la amistad, en aquel callejón oscuro sentimos el miedo y aquel camino que conducía a la vega es hoy calle asfaltada.
Los jóvenes de mayo del 68 escribieron en los muros de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Paris que los arquitectos eran los urbanistas de la segregación social. Ciudades como el Motril que recordamos con un tejido de convivencia poco intrincado, dejan de tenerlo cuando se convierten en monstruos diseñados en compartimientos estancos: una clase no se comunica con la otra, se autoprotege y crea sus propias fronteras. Se diseña así esa forma de segregación social que convierte a las ciudades de hoy en identidades separadas e intercomunicadas. Para las nuevas generaciones la placeta del barrio es un aparcamiento de coches, el antiguo campo de fútbol una urbanización, la casa del amigo un bloque de pisos. La vieja relación personal se convierte en una relación virtual. La calle no es ya el lugar de encuentro y juegos, es apenas un transito hacia el hogar.
          A medida que las ciudades crecen aíslan al hombre y lo condenan a seguir viendo por los resquicios de su memoria a la ciudad que vivieron, que ya no viven, sino que habitualmente padecen. No extraña que las enfermedades del alma, sean por lo general enfermedades urbanas. No extraña tampoco que sea en el laboratorio de las actuales ciudades donde el hombre empieza a perder gran parte de su inocencia.
 Si seguimos hojeando mentalmente ese abultado álbum de fotografías motrileñas del pasado almacenado en nuestra memoria, cada una de las imágenes rememoradas se convierten en ejercicio de la evocación, ya que cuando desparecen los referentes de la topografía urbana almacenada en nuestro cerebro, debemos imaginar lo que fue. Y lo que fue choca y contrasta con lo que hoy es.
            Los años de mi infancia en Motril tienen algunas fotos fijas e incanjeables: la calle de las Cañas, la calle de las Monjas, la Esparraguera, la placeta Casado, las ramblas del Manjón y Cenador, la placeta de Falange, plaza de la Victoria por el Colegio de los Frailes o el paseo de Las Explanadas.
            Un Motril en el que la noche empezaba mucho más pronto que hoy. Y precisamente en la noche de la memoria surge el recuerdo vago del abuelo que, socarrón como los viejos motrileños, hablaba de una ciudad en cuyos portales amarraban las bestias. Ya no amarran las bestias frente a las puertas de las casas y el abuelo venia de esa Arcadia, de ese Motril del siglo XIX y se sorprendía ante la evidencia del nuevo tejido urbano. Para aquel hombre, la ciudad no era ya lo que había sido, era la ciudad de sus hijos que un día dejaría de ser de ellos porque empezaba a ser nuestra. Y ahora, la ciudad ya no es, 40 años después, lo que era para quien esto escribe. Todo progreso es indudablemente una expropiación.
Mi tío leía en la puerta de la antigua casa familiar de la calle de las Cañas el viejo Faro de los años 60, pero ese periódico ya no existe, duerme amarillento en las hemerotecas, ni nadie se sienta ya a la puerta de ninguna de las casas de la calle donde vivíamos. Mis tías proponían ir a San Antonio, pero el transito hasta allí de ahora ya no es apacible sino tortuoso por el denso trafico. El tío abuelo contaba sus hazañas en la guerra de Marruecos, pero ya hace mucho que murió y la casa donde vivía ya no es una casa sino un edificio de apartamentos. La nueva imagen de la ciudad modifica la estampa de la memoria.
Las brisas de los atardeceres veraniegos soplaban en un paseo de las Explanadas libre de grandes edificios y podían llevarnos a las Angustias o a San Nicolás casi en un recorrido a campo a través, pero esa topografía ya no figura en el nuevo trazado urbanístico.
 No solo se vive a la búsqueda del tiempo perdido como en el gran libro de Marcel Proust, también se vive a la búsqueda de la ciudad sepultada entre los materiales de derribo del progreso. Ha desaparecido la ciudad de nuestra infancia y juventud. Es preciso, es necesario reconstruirla para que tenga sentido parte de nuestra existencia.
Y en una nueva ceremonia del lenguaje y de la memoria nos decimos: allí estaba el lugar desaparecido y sin embargo evocado, porque lo que se evoca con el lugar es alguna experiencia vivida. Decimos cada vez con más frecuencia que en esta calle estuvo la casa de la Inquisición, en esta otra los Hospitalicos, en esta plaza el Motril Cinema y allí la ermita de San Sebastián a la salida de Motril.
La historia de toda ciudad es una historia de superposiciones. Si fuera no así, todas las ciudades serian radicalmente antiguas o radicalmente modernas.
Y de verdad que no hay ceremonia más cruel que la de reconstruir la fisonomía de las ciudades que fueron haciéndose diferentes en su crecimiento. En esa crueldad siempre habita una protesta, acaso romántica, acaso nostálgica: nos resistirnos a que las cosas cambien. Pero indudablemente cambian, pese al empecinamiento de nuestra memoria afectiva. Lo terrible no es que cambien sino que los cambios significan muchas veces las expulsión del hombre y si no del hombre si de la escala humana. Motril de los años 60 y 70. La plaza de las Palmeras y sus puestos de melones y sandias, la plaza de la Aurora y su fuente, la Casita de Papel, el Rin Bar, el Costa Nevada, el Centro Cultural Recreativo…. Topografía reconocible aun un poco hoy y no obstante tan distinta. Ni siquiera los viejos burdeles están donde estuvieron y algunos de los familiares, amigos y conocidos cometieron la injusticia de morirse sin advertirnos a tiempo. Con ellos se fue algún fragmento de nuestra ciudad.
 La crítica al urbanismo es demasiado fría, nada nos dice del alma ciudadana, solo la literatura en todas sus formas, nos seguirá hablando de ese alma que habitó en ese Motril desaparecido, que como toda ciudad tuvo esa remota Arcadia inicial trazada a escala humana. Y no es que todo el tiempo pasado haya sido mejor pero si que resulta que el pasado es el tiempo de la memoria y el hombre es ante todo un animal de memoria.
            La literatura pasa a ser entonces el registro mayor de la historia de las ciudades. ¿Como era el Motril de principios de siglo XX? ¿Cómo el de mediados de los años 60? Hay que leer a los autores locales, buscando en ellos la ciudad que la historia y los historiadores pueden haber cartografiado insuficientemente con sus jerarquías políticas, sociales y económicas. Ciudades revisitadas por la memoria literaria, esas son las que permanecen. ¿Donde, en que libros está el Motril de mi infancia y adolescencia? En las obras de Paco Pérez, los relatos de Joaquín Pérez Prados, la poesía de Jesús Cabezas y Paco Ayudarte. Motril con ese concepto que siempre tiene de ciudad nueva apenas registra una memoria urbana de tres o cuatro décadas. Hacia atrás es ya Arcadia.
Muchos podríamos lamentar que nuestro Motril haya cambiando tanto en tan escasos años. Lamento sin duda de nostálgicos: nunca la ciudad volverá a ser la que ha sido en nuestra memoria de la infancia. En todo crecimiento urbano hay siempre un disparate, en toda metamorfosis un crimen horrendo. Pero las ciudades se acomodan siempre al espíritu de cada época. Podríamos incluso lamentar que la usura decida más que la voluntad armónica, que la especulación determine su crecimiento, lamentar incluso que la soledad se pueda cernir sobre estas nuevas ciudades. Pero en fin, todo lamento, cuando se mira hacia atrás en el tiempo, es una expresión de la nostalgia de un Motril invisible, de un Motril desaparecido. 


La Revolución de 1868 y Motril
 
                 Manuel Domínguez García

                                                  
 
El marco revolucionario de 1868 en España viene encuadrado por tres crisis conjuntas. La primera es una crisis política monárquica determinada porque la Corona se queda sola tras la muerte del general O’Donnell, su principal valedor, y porque los políticos del Partido Moderado en el gobierno, fueron incapaces de aceptar una alternancia en el poder con los progresistas. La segunda es una crisis espiritual simbolizada por la perdida de los valores intelectuales que la Monarquía parecía simbolizar, influidos por la impopularidad de la reina Isabel II al rodearse en la Corte de personajes pintorescos, su confesor el padre Claret, sor Patrocinio, monja milagrera con llagas o estigmas, y de amigos del rey consorte Francisco de Asís.
Por último, una crisis económica de gran alcance que, desde 1866, dio al traste con el sistema financiero, agrario e industrial español.
Toda esta serie de factores produjo una situación explosiva que no tardaría mucho en estallar.
Ya en 1866, en la ciudad belga de Ostende, los progresistas, demócratas y unionistas habían sentado las bases de un pacto cuyo fin era derrocar a la reina y a su régimen y el establecimiento de unos derechos fundamentales, entre los que destacan el sufragio universal, inspirado por los demócratas. Una vez conquistado el poder se formarían unas Cortes constituyentes que establecerían la forma de gobierno desde entonces: monarquía o república.
Este pacto constituyó la fase previa a la Revolución de 1868, la llamada Gloriosa, que acabó con la monarquía de Isabel II, obligada a exiliarse en Francia e inició el período denominado Sexenio Democrático que se prolongará hasta diciembre de 1873.
La ciudad de Cádiz volvía a ser el origen de una revolución, ya que el 19 de septiembre de 1868 el brigadier Topete encabezó un alzamiento tras ponerse al mando de la flota fondeada en Cádiz. Los sublevados difunden un manifiesto titulado "España con honra", en el que exponían las razones de su levantamiento, que no eran otras que la demanda de reformas políticas. En el manifiesto se pedía que tras exiliarse la reina se fundara un nuevo gobierno sin exclusión de partidos.
A continuación el general Prim se unió a Topete y ambos se hicieron con el control de Cádiz. Luego buscaron el apoyo en otras ciudades como Sevilla, Córdoba, Barcelona, Huelva, etc. Se formaron Juntas Provinciales que se encargaron de movilizar a la población mediante promesas de sufragio universal, de eliminación de impuestos, del fin del reclutamiento forzoso y de una nueva constitución. En las ciudades y pueblos, las Juntas revolucionarias, formadas por demócratas y progresistas, asumieron el poder.
Finalmente, el gobierno y la reina se quedaron sin apoyos, lo que facilitó el triunfo de la revolución en la batalla de Alcolea el 28 de septiembre de 1868. El Gobierno dimitió y la reina, que se encontraba en San Sebastián, se exilió a Francia el día 30.
Motril, al que le había afectado mucho la crisis de 1866 debido al hundimiento de la industria textil catalana que era la única compradora del algodón de nuestra vega y arruinado, apenas en dos años, a la mayoría de los pequeños y mediados labradores y dejado en el paro a miles de jornaleros; se pronunció a favor de la Revolución el día 28 de septiembre bajo el liderazgo del  los políticos republicanos y progresistas locales.
 


 
Desde la tarde anterior comenzó á correr por la población la noticia del levantamiento y empezaron a formarse grupos en la plaza de España y calles próximas en actitud pacifica y dando gritos y vivas a la libertad.
Por la mañana del 28 el representante del Gobierno, acompañado por algunos guardias civiles, inspectores, celadores y vigilantes, pidieron al público que se retiraran a sus casas, pero como los grupos iban creciendo, llegó una sección de la Guardia Civil que intentó despejar la plaza. La gente se enfrentó a los guardias y se inició un combate en la plaza y calles aledañas, logrando los revolucionaros tomar el Ayuntamiento sobre el mediodía.
Esa tarde se formó una Junta Revolucionaria Provisional presidida por Joaquín Gallardo, que había tenido una distinguida actuación en los altercados de la mañana, e  integrada, como vocales, por Antonio Aguayo, sacerdote republicano, Antonio Hernández Martín, Guillermo Avancini, Francisco Ravassa, Bernardo Herrera, Francisco Garvayo, José Ocete y Juan Cervera.
La primera actuación de esta Junta fue la de crear una milicia ciudadana formada por hombres pertenecientes los partidos republicano y progresista, con el fin de garantizar el orden público en la ciudad.
A medida que transcurren los días, la situación política parece estabilizarse y el 3 de octubre se formaría un nuevo Ayuntamiento para regir la ciudad, de acuerdo con la nueva normativa emanada del gobierno provisional de España, dirigido por el general Serrano, que decretaba la disolución de las juntas y que permitía que sus miembros se designasen a si mismos concejales con carácter interino de los nuevos ayuntamientos, hasta que se celebrasen elecciones municipales.
Así entraba nuestra ciudad, al igual que toda la nación, en un proceso histórico en el que la burguesía liberal intenta un nuevo ensayo político con el fin de lograr resolver los problemas seculares de España.







  DATOS SOBRE EL SEXENIO REVOLUCIONARIO Y LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE MOTRIL QUE NUNCA EXISTIÓ EN 1873                              ...